Antonio Lonza: Trayectoria familiar de la mano de la historia de la ciudad por Rodrigo Tapia


No es fácil cumplir 122 años y hacerlo compitiendo mano a mano con grandes gigantes del rubro que están en el país y el extranjero. Pero Ferretería Lonza tiene su sello, lo que le ha permitido fidelizar con sus clientes minoristas y mayoristas: la tradición familiar y la confianza, sin duda, que son sus principales valores, que le permiten consolidarse en Iquique, Alto Hospicio y Vallenar. Y es que con el paso de largos años, su crecimiento ha ido de la mano con Iquique. Así lo cuenta Antonio “Tonko” Lonza, una tarde cualquiera, donde lo encontramos en su oficina, siempre preocupado de que todo marche bien en el negocio a diario, rodeado de cuadros y fotografías que dan cuenta de la rica historia de los Lonza, lo que genera una atmósfera de vínculo estrechamente ineludible entre el Iquique de ayer y hoy, con la ferretería.

En 1994 celebraron su centenario con sus trabajadores y se editó un libro, obra que se re-editaría, al cumplir 120 años. Y es que la historia debe quedar guardada y ser conocida por las generaciones venideras. “Hay bastante tradición familiar allí”, confiesa Tonko, “La palabra es la que vale, el compromiso vale más que una firma en la notaría. Importa mucho la responsabilidad, el ser trabajador y responsable con los horarios”, son algunos de los consejos de don Antonio Lonza para conseguir el éxito empresarial.

¿Cuándo nace Ferretería Lonza?

Nace con nuestros abuelos. “Lonza Hermanos” se llamaba. La fundaron en La Noria (ex oficina salitrera) que hoy, no existe. Hay puras piedras amontonadas, está todo destruido y desarmado. La poca madera que había se la robaron. Allí nace nuestra tradición familiar, lo que es un orgullo para uno.

¿Y en la década del 40 llegan a Iquique?

Yo estaba en esos años en el liceo, me tocó repetir un curso y mi padre me dijo: ‘no hay más estudio: a trabajar se ha dicho’. No me dieron la oportunidad de seguir estudiando. Me gustaba mucho la química y la farmacia, por eso, yo pensaba ser químico farmacéutico, pero nunca se lo dije a mi padre. Pero no se dieron las cosas… los “viejos” eran muy cerrados, muy obtusos. En Vallenar habían unos primos hermanos de mi papá, eran farmacéuticos y tenían la gran vida, eran de los pocos que tenían autos en esa época: un Ford del año 46. En todo caso, no me quejo para nada del curso de mi vida, que ha sido muy completa en todo sentido, siempre muy rodeado de mis hijos, nietos, mi señora y familia. Fue en 1945 cuando comenzamos a trabajar con mi padre en el negocio de Vivar.

¿Cómo era la juventud en esos tiempos?

Teníamos un club deportivo y social -más social que deportivo… éramos buenos para la pichanga- (ríe). El comercio cerraba a las 7 y media, y salíamos a pasear a calle Tarapacá, desde la Plaza Prat hasta Vivar. Casi todos los días hasta las 9 y de allí para la casa, a cenar, escuchar un poco de radio.

En la semana se iba mucho al teatro y al cine. Teníamos el Teatro Municipal que funcionaba como cine y el cine Tarapacá que se quemó. No nos faltaba la diversión. Jugábamos también brisca, cacho y dominó. Esas eran nuestras entretenciones, hacíamos mucho deporte… beisbol, tenis de mesa, en este club que se llamaba “Remache”: hacíamos 4 o 5 competencias al año.

A usted le toca asumir un rol preponderante en la empresa muy joven ¿cómo ve la evolución de la empresa con la ciudad? Los negocios se han mantenido. Hubo un tiempo muy difícil en el año 82, con el cambio del dólar. Mucha gente tenía deudas y le fue muy mal con eso, hubo un desbarajuste total. Nosotros seguimos trabajando y en esos años Iquique era muy tranquilo, especialmente el movimiento comercial. Iquique tenía sólo 60 mil habitantes.

Fueron tiempos difíciles para los negocios. Aguantamos, ‘apretándonos el cinturón’ y salimos adelante. Después apareció la Zona Franca. Había mucha tentación por querer meterse allí: pero había que dejar en prenda de garantía los bienes que uno tenía (propiedad) al banco para que prestara plata. Hubo mucho comerciante que le fue muy mal con eso, porque los bancos se los iban ‘comiendo’ con los intereses.

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