La carga horaria en la educación: Los altos costos por alcanzar el éxito escolar por María Laura Garzón


Niños y padres estresados parece ser una constante en nuestro país. La combinación explosiva de Jornada Escolar Completa, que tiene a los estudiantes más de 8 horas en clases, y las tareas que deben hacer en sus casas están generando problemas de salud y complicando la dinámica familiar.

Chile es de pocos récords mundiales, tanto que muchos se sorprendieron con las últimas cifras de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos). Estas mostraron que es el segundo país, después de Dinamarca, en donde los niños de educación primaria permanecen el mayor número de horas, 1.039 promedio al año, al interior del colegio.

Finlandia, nación que ha sido catalogada como modelo a seguir tras liderar diversos rankings de calidad de la educación, sólo llega a 632 horas.

A nivel nacional, en cambio, cantidad no parece traducirse aún en sinónimo de calidad, ya que cada cierto tiempo, los resultados de las diversas mediciones para determinar el nivel educacional de los niños (SIMCE, PISA), no muestran los progresos esperados.

Hoy a la Jornada Escolar Completa (JEC), instaurada en 1997 y que implica que los estudiantes están un promedio diario de 8 horas en el colegio, se debe sumar el tiempo que destinan a hacer las tareas que los profesores asignan para la casa. Esto implica una carga cercana a las 10 horas por día, lo que incluso supera la jornada laboral de un adulto.

“En el caso de los adultos las horas de trabajo están reguladas, y si tienen que trabajar horas extras, los empleadores se las tienen que pagar. No entendemos por qué se respeta más el derecho al descanso de los adultos que el de los niños”, enfatiza la abogada Paulina Fernández, fundadora del movimiento “La tarea es sin tareas” que ya tiene más de 90 mil seguidores en Facebook.

Esta organización está apoyando que se dicte una ley que elimine las tareas para la casa, principalmente, porque habría evidencia científica que indica que éstas no impactan en un mayor aprendizaje. Por el contrario, afirman en el movimiento, éstas provocan efectos negativos en las relaciones familiares y agotamiento en los niños.

Es tanto el ruido que se generó y la alta adhesión que concitó la idea que, en julio de este año, la Comisión de Educación del Senado aprobó un proyecto de ley que busca normar las tareas escolares. El paso siguiente es la discusión en el Senado.

Peligro latente

“Mamá, sólo te preocupas del colegio”, le dijo su hija de 13 años a Loreto, química farmacéutica, separada, dos niños. “Llego todos los días después de las 19.00 horas y sólo alcanzo a revisar si hicieron sus tareas. Si no están hechas, uno se irrita, los reta, se genera un círculo vicioso de padres sobrepasados e hijos estresados”, dice Loreto.

Esta realidad no es muy diferente a la que viven miles de familias que se ven atrapadas en el dilema de alcanzar el “éxito educacional” a toda costa. Exigir que sus hijos rindan, para mantenerse en un colegio determinado o alcanzar ciertos resultados que le permitan luego postular a la carrera universitaria soñada, muchas veces puede afectar la salud de los estudiantes.

La neuropsiquiatra infanto-juvenil, Amanda Céspedes, confirma que la alta exigencia y gran cantidad de horas destinadas al estudio versus otras actividades están mostrando una mayor prevalencia de casos de estrés en niños y adolescentes.

“Lo peor -sostiene- es la desmotivación, la cual, unida al cansancio, es un caldo de cultivo para que los chicos busquen actividades que les permitan escapar de las tareas; estamos hablando de los videojuegos, cuyo alto poder placentero actúa como el opio, captura su interés a tal grado que empeora el tedio, la desmotivación y el rechazo por la actividad académica”.

También está la tentación de medicar a los niños para que aumenten su concentración y así logren las notas esperadas. “El empleo de medicamentos para la concentración es de estricta indicación médica, pero hay fármacos que sí se pueden adquirir muy fácilmente, y es probable que sean mal empleados por algunos padres o por adolescentes sin necesidad de contar con un diagnóstico de déficit atencional. Hay niños que tienen un 6,5 de promedio y los padres están descontentos”, explica Amanda Céspedes.

Toda esta dinámica afecta las relaciones familiares. Hoy los padres no sólo deben velar porque sus hijos cumplan con sus deberes escolares en el hogar, sino que también los hagan correctamente.

“No todos los papás somos profesores, por lo tanto, no tenemos las mismas herramientas para enseñarles a los hijos. El papá o mamá tiende a adoptar una posición que es como de guardia para vigilar que esté haciendo las tareas. Los padres debemos tener relaciones amorosas con los hijos, enseñarles disciplina, orden, autonomía, pero el vínculo académico debe estar en el colegio”, añade Paulina Fernández.

Para la profesora y vocera de la Fundación Voces Católicas, Carolina García, la clave en el éxito escolar y en la vida radica en amar lo que se hace, sentir que lo que se hace tiene un sentido real.

“Lo mismo -grafica- le pasa a un niño o a un adolescente que se levanta tempranísimo en la mañana y no sabe para qué hace ese esfuerzo. No alcanza con decirle que es por su futuro, porque él vive el presente. Tiene que querer su presente, tiene que encontrar el gusto por ese presente y los padres y sus profesores son claves para ayudarlo a dar con esa motivación interna. Ese es el desafío”.

Señales de atención

La psiquiatra Pilar del Río señala que los efectos de una alta carga escolar en un niño son diversos y dependen de su contexto. En forma general, estos pueden tener manifestaciones físicas (pubertad precoz, fallas en el crecimiento, dolores de cabeza o de estómago crónicos, etc); sociales (aislamiento, bullying o agresión a los pares); intelectuales (baja en rendimiento escolar) y emocionales (alteraciones del ánimo como irritabilidad permanente o conductas desafiantes).

“Los padres -recomienda- deben estar atentos a todas las áreas, no sólo a las notas o a que no lo inviten los amigos. Deben preocuparse de que desarrolle la inquietud intelectual, a que haga preguntas, que entienda las normas de la casa, no a lo que el sistema educacional te pide, sino a lo que el neurodesarrollo del niño requiere”.

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